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Notas provisionales y ficciones

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¡Adiós Morente!

Posted by pachoj en diciembre 14, 2010

Ayer falleció Enrique Morente. La Jornada me publica hoy un texto sobre su genio.

Mi amigo el poeta y periodsita Bruno Galindo estaba editando un libro sobre su vida, para ello convivió largos ratos con el cantaor. Según me escribió un día, Morente se acordaba muy bien de su presentación en México y por ello Bruno me pedía un texto sobre nuestra relación y su visita a México. Hace una semana le envié a Bruno mi relato y al día siguiente le marqué para ver si lo había recibido, me contestó consternado. Lo cogí saliendo del hospital donde se hallaba Morente. Bruno desmintió a los diarios que afirmaban que Morente se hallaba estable : “La verdad Pacho es que sufrió un infarto cerebral con muy mal pronóstico”, me pidió ser discreto.

Lo que sigue es el texto que le envié a Bruno hace una semana y que hoy publiqué en la Jornada con motivo de su muerte:

¡Adiós Morente!

Por Pacho*

Esperé diez años o más. Recuerdo que en el 97 escuché por primera vez el disco de Omega, una epifanía que conjugó mi tiempo interior con aquél momento externo: un cuerpo abismado en el barrio madrileño de Chueca gracias a una pausa en esas giras interminables con un grupo que ya no me satisfacía. Con Omega la música no sólo era insólita sino nuevamente irreductible, no había otra forma de decir eso salvo poniendo una y otra vez el disco. Mejor dicho, no había otra manera de tener la sensación de que alguien podía decirlo todo, como un universo perfecto. Desde entonces soñé con presentar Omega a México, ¿cómo es que aún no se conocía en mi país esa joya modernista?, esa música superaba toda retórica entre la tradición ancestral y lo moderno, quizá nunca hubieran sido cosas distintas.

Ahora, en retrospectiva, todo parece tan simple. Algún duende intervendría para ayudarme a escuchar en vivo a Morente en México, pero hubo que esperarle pacientemente a que tejiera bien los hilos del destino. Diez años.

Todo intento de contactar a Morente resultaba infructuoso. Cada año fracasaba, por lo que debía programar a otros artistas, todos excelentes; pero escuchar Omega en México se había convertido en una obsesión por cimbrar la escena chilanga con ese cante.

Una noche fui con Kiko Helguera a escuchar a Morente en el Conde Duque de Madrid con la Orquesta Chekara de Tetuán. Intenté pasar al backstage después del concierto, no fue posible, así que salimos a las calles desiertas del domingo buscando al menos un sitio dónde beber un trago; todo Madrid estaba cerrado. Lo único que encontramos fue una cortina metálica de un bar a medio cerrar, debajo de la cual salían voces, acaso apenas habían cortado el servicio. Le dije a Kiko que nos deslizáramos por los 30 centímetros que separaban la cortina del piso, pero él aseguró que ya no nos servirían nada. Nos despedimos.

Entré dispuesto a rogar para que no me echaran y me sirvieran siquiera una cuba libre que prometería apurar en solitario. La sorpresa fue que dentro estaba Morente con Diego Manrique y varios otros amigos bebiendo. Me instalé en lo que se convertiría en una larga noche de juerga flamenca. Diego me presentó a Enrique, quien me contó historias del tiempo que vivió en México, confesándome que amaba mi país porque aquí había aprendido a cantar (queriendo decir que aquí había encontrado el duende). Desde luego que lo invité a tocar en el Festival de México, y su respuesta apasionada me convenció de que lo haría. Le pedí su correo electrónico que me anotó en una servilleta. Al llegar a México vi que se trataba sólo de su número telefónico y su fax, los cuales nunca contestaba. Dejé cientos de recados en su contestadora.

Volví a la situación inicial. Seguí insistiendo para contactarle por distintos canales, todos se cerraban; los managers y agentes me decían que Enrique jamás vendría a México, que Omega ya no estaba vigente, que Lagartija Nick ya no existía; también había otras razones más íntimas que él mismo me había comentado. Sí, yo sabía que algunas de éstas eran ciertas pero, ¡cómo olvidar esa forma en que él me había dicho que sí vendría!

Por todos lados le mandaba recados. Al fin Enrique Calabuig me informó que debía llamar a Morente un día preciso a cierta hora exacta, que esta vez contestaría, estaría esperando mi llamada. Así sucedió efectivamente. “Pacho querido, mil gracias por tu insistencia, puedes contar conmigo”.

Morente se presentó en 2008 en el Festival de México con dos conciertos, además de dar una charla en el Centro Cultural de España que tuve la honra de moderar tímidamente, ¿un aficionado pasional entrevistando al genio insondable de Morente?

Compartimos varias horas y tragos juntos, momentos igual de irreductibles que su música, charlas sobre los misterios infranqueables del flamenco y la inteligente inventiva del granadino. Llegó por fin el día del concierto; Omega no sólo seguía vigente, sino más actual y potente que nunca. Sonaba al futuro. La gran tropa flamenca flanqueando majestuosamente al genio, detrás la apostura roquer de Lagartija Nick. Mi cuerpo abismado de pronto en una plaza de mi ciudad, de pié junto a la consola de sonido: me di cuenta que hacía mucho tiempo que no lloraba literalmente por culpa de la música.

__

* Adelanto del texto incluido en el libro “OMEGA”, de Bruno Galindo, que editará en Madrid la editorial Lengua de Trapo en febrero de 2011.

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