latribudelpulgar (antes ruidos de la calle)

Notas provisionales y ficciones

Desgranando los ochenta

Posted by pachoj en enero 5, 2008

Ayer comí con Marcela Dávalos y Fabricio Mejía en el Mosaico de la Condesa. Nos reímos.

Fabrizio recordó aquél año nuevo que pasamos en casa de Juan Villoro, cuando Sheridan se peleó con Margo Glanz y con el papá de Juan, según el mismo Fabrizio relata, pues yo me pasé la mayor parte de esa anticlimática noche charlando con la entonces futura esposa de Cayuela, hoy ex esposa. Yo estaba enfermo del estómago y no podía beber, así que me sentía en el limbo.

Ayer me cayó bien que Fabrizio preguntara por los infrarrealistas que se presentaron en la Casa del Lago hace más de un año, pues nadie del mundo literario “vigente” pareció enterarse o interesarse, lógico; ni siquiera por curiosidad antropológica, digamos. En Guadalajara, durante la pasada Feria del Libro, alguien le contó a Fabrizio acerca de esas sesiones infras relativamente recientes.

Ignoro aún las razones, pero es curioso que los infras sean reivindicados hoy día, sí, por un sector asociado a los otrora rupestres, aquellos urbanitas rithmblueseros esmerados en la lírica, surgidos a fines de los setenta pero que despuntaron durante toda la primera mitad de los ochenta, hasta la muerte de Rockdrigo, su mártir.

En Casa del Lago estuvieron infras originales como Ramón Méndez, José Peguero, Guadalupe Ochoa, Edgar Altamirano, así como Pedro Damián (que se unió al movimiento luego de que Bolaño se fue de México). El hecho es que ese evento coincidió con un artículo sobre los infras en Replicante, escrito por Heriberto Yepez y Juan Vicente Anaya, y luego el Ángel sacó cosas sobre el movimiento, firmadas por Sergio González Rodríguez. Por parte del evento en Casa del Lago hicimos bastante prensa y salieron varias entrevistas, aunque por lo visto no pareció interesar al medio literario “duro”, como ya comenté.

Evidentemente terminamos conversando sobre la irrupción de Bolaño a la fama universal, incluidos los excesos de considerar a Los Detectives Salvajes como una pieza vanguardista aún en su forma. Conté que Vera La Rosa y su hermana Mara eran los nombres reales de los irresistibles personajes femeninos de la primera parte del libro y que Vera declinó asistir a las presentaciones de los infras porque ya no quería saber nada de ellos, según me contó la primera noche José Peguero, uno de los cófrades. Vera fue compañera de primaria de mi hermana Hilda y lustros después, en los ochenta, actuó en Lástima que sea una Puta dirigida por el recientemente fallecido Gurrola (obra que nunca vi para no encontrarme con una exnovia que tocaba el clavecín en el escenario, Marianita Elizondo).

Les conté a Marcela y Fabrizio que mi amiga Mónica Arús, la directora del teatro Llure de Barcelona, me había mandado el DVD de la obra basada en 2666, que dura más de cinco horas.

Marcela es una guapa compañera de la carrera de Historia en la ENAH, novia de El Gato, amigo muy cercano por aquellos inicios de la década de los ochenta y que curiosamente vi hace una semana en el Bar Niza. Gato regresó  hace un par de años a México, después de dos décadas en Francia, y se ha convertido en un nutriólogo, según me contó mientras yo sucumbía con unos tacos grasosos y mi cuba con Bacardi Blanco y cocacola.

Marcela es hoy investigadora del INAH y da clases en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, según me puso al día. En algún momento nos encontramos a Andrés Ramírez, que entró al lugar a comprar pastelitos, pero se fue pronto.

Oyendo a Fabrizio pareciera que el mundo literario es parecido al del rock, si bien el primero está completamente institucionalizado, mientras que el segundo apenas empieza a estarlo.

Lo que Fabrizio opinaba acerca de los críticos literarios mexicanos podría ser equivalente a lo que hace mucho escribí sobre los críticos de rock, al menos en lo que parece motivar sus juicios.

Un tema que siempre me ha interesado, la critica cultural o musical o de arte. Recuerdo a aquel corrector de galeras con aspiraciones de novelista que confundía la corrección de ortografía con la crítica musical y que llegó incluso a publicar un pasquín soberbio (por absurdo) que si mal no recuerdo llamó Corriente Alterna. Sí, este crítico incluso llegó a publicar más tarde su autobiografía corregida y aumentada que llamó novela, donde se dedicaba a asesinar a todos los roqueros que en la vida real se habían acostado con la chica que le gustaba. Claro, en la novela él era el héroe y al final conquistaba el corazón de la protagonista y se instituía en el único mega popstar. Finalmente su vergonzante historia real habría podido convertirse en buena narrativa si en lugar de épica, hubiera jugado con la autoparodia, encontrando el tono para reírse de sí mismo. Además, involuntariamente parecía registrar ya una ruptura generacional dentro del mismo rock, pero su autor no supo cómo explotar este rasgo. Bueno pero esto sucedió durante los noventa.

Marcela, Fabrizio y yo empezamos a comer tarde y además demoramos los tragos, así que tuve que salir directo hasta Coyoacán a encontrarme con Carla Paniagua, con quien había quedado de cenar, por lo que no pude pasar a mi casa por algún abrigo para el frío tan tremendo.  ¡Y la cena era en Los Danzantes!, es decir, casi al aire libre.

Después de una frugal cena, la bella Carla y yo nos mudamos a una cantina nueva para resguardarnos del insoportable frío, justo donde alguna vez existió La Guadalupana, aquella base de operaciones del estimado Christopher Domínguez (al menos durante su época en que aún le gustaba el pop), Héctor Manjarrez, mi gran amigo el noble Galo Gómez, que en paz descanse, y demás coyoacanenses emblemáticos de los emergentes ochenta, cuando yo sobrevivía en la sala de la casa de unos amigos retros en la bellísima plaza de la Conchita, por haberme quedado sin departamento al separarme abruptamente de una mujer.

En la cantina Carla fantaseamos, inventamos historias y polemizamos. Carla estudia un doctorado, trabaja en una embajada sudamericana, da clases en una universidad, escribe minificciones (que hoy me ha enviado para leerlas), cuida a dos hurones, está acreditada como recaudadora de fondos, además de algo así como coaching, y no sabe manejar coche. A la una de la mañana la llevé a su casa.

Fue un día sabroso. Muy sabroso. Reí mucho.

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