latribudelpulgar (antes ruidos de la calle)

Notas provisionales y ficciones

The farm

Posted by pachoj en noviembre 17, 2006

Estoy tan poco familiarizado con la costumbre estadounidense del Día de Grcias que me daba pánico pasar unas horas con una familia. Me la imaginaba tan tremendamente aburrida como para llegar al extremo de plantearse invitar a un extraño a su mesa.

Terror y pánico: aquél día el abuelo de la familia me recogió en mi hotel a las 11:45 y me llevó, junto con la interprete que me ha acompañado todo el viaje, a una granja donde había otra abuelita ataráxica, dos matrimonios adultos, algunos hijos jóvenes (es decir, un chico, una chica, una prima y sus respectivos novios), todos con cara de menonitas o con rostros parecidos a la caricatura del Rey Leonardo.

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Al llegar, las mujeres cocinaban dentro de la casa y los hombres veían en la tele la transmisión de un estupendo concurso de perros (¡¡siempre me pregunté por el aspecto que podría tener la gente que era capaz de dedicar su tiempo a ver ese tipo de programas!!).

Me senté en una mesedora y me dispuse a penetrar aquel misterio, pero no logré hacerlo. A mi lado, en un sofá reclinable, un señor, el tio o hermano de los dueños, comenzó a preguntarme sobre mi país con sus ojos sonrientes y cristalinos (¿por qué sonreía tanto?, ¿por qué tanta decencia?, había algo sospechoso en esa mirada que no me miraba nunca). Jamás pensé que alguna vez me hallaría en una situación donde pudiera llegar a importarme, mucho más que ninguna otra cosa a mi alrededor, el poder ver un campeonato canino por televisión. Con tal de que las preguntas cesaran.

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Finalmente una de las señoras, supongo que la dueña de la granja, pidió al adulto que veía la tele a mi lado que diera las gracias por la comida. De inmediato todos se levantaron de sus asientos y con la cabeza hacia abajo, de pie, con sus dos manos cogidas al frente a la altura de sus genitales, para escuchar al tío agradecerlo todo y a todos, hasta por los invitados que estábamos en su casa. Al final todos juntos coronaron el breve discurso con un “Amen”. Yo estaba pasmado.

No abrí la boca en toda la comida, salvo casi al final que me preguntaron algunas cosas.

Los jóvenes tampoco abrieron la boca para nada, salvo para responder las preguntas de las amas de casa sobre si preferían apple pie o pumkin pie. Por el contrario, durante casi toda la comida miraban hacia abajo, impenetrables (¿acaso sufrían?, quizá odiaban o temían, ¿probablemente pensaban en asesinar a álguien con un rifle de largo alcance en su escuela. O, por el contrario, acaso simplemente figuraban poder abandonar algún día esa villa de granjeros, huyendo en un circo o un depravado burdel ambulante. ¿Parecían encarnar alguna de todas esas cosas que luego vemos incomprensiblemente en las noticias de la televisión? No lo creo, seguramente albergaban tan sólo piedad y buenos modales). El hecho es que nadie miraba a nadie a los ojos.

En cuanto a mí, de plano entendí nada de la conversación llevada por los adultos, el vocabulario era extraño, sólo comprendí palabras sueltas como red neck, molinos de viento, etcétera (y eso que hacía unas horas llegué a creer que el viaje había servido para mejorar en mi inglés, pues hasta la intérprete se había vuelto un estorbo). No, ese día todo era de otro mundo, aquél inserto en medio de esas planicies eternas, impecables pero sobre todo implacables; pulcras, luminosas, ensoñadoras. Deslavadas, amarillentas.

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Al terminar de comer algunos de los jóvenes se fueron sabrá (su) Dios a dónde. Los demás nos sentamos a la televisión ante un oportunísimo partido de futbol americano. Sentí alivio.

Desgraciadamente mi bienestar no duró mucho tiempo, pronto le bajaron el volumen al televisor para escuchar el relato de una de las hijas y su novio, un tejano también granjero que había venido desde aquél Estado para la celebración del día doméstico más importante de la tierra (al menos de esta tierra). Sí, ella contaba con bastante soltura y risas sus clases de karate o de algún arte marcial semejante.

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(EL GRANJERO TEJANO, EL NOVIO)

Yo me estaba durmiendo. Por más que intentaba evitarlo, cabezeaba. Finalmente una de las señoras me ofreció dar una gira por la granjita, lo cuál me entusiasmó enormemente, al menos para ver si alcanzaba a despertarme. La cosa esa era inmensa, poseía una extensión de no sé cuántos acres, porque ni siquiera sé qué son los acres, pero el horizonte se delineaba completamente en 365 grados como si estuviéramos en medio de un océano amarillo.

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Y sí, ahí estábamos, caminando ante el gélido y aromático viento que delataba la presencia de un establo con algún tipo de ganado. Todo era muy bucólico, engañosamente campirano, hasta que dimos vuelta en la esquina de un cobertizo  dentro del cual apareció de pronto un extraterrestre, un monstruo gigantesco. No uno, ¡DOS!. Como un par de transformers inverosímiles. Un de ellos parecía un robot, yo mediría quizá el tamaño de los rines de sus llantas. Era una máquina parecida a un tractor pero del tamaño de un avión. Bueno, no tanto, pero así parecía en ese momento delirante.

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Seguimos el recorrido por los establos, donde apestaba peor que ningún baño público mexicano, al parecer por los químicos que le echan a su comida. Criaban para su venta cerdos y vacas, y cultivaban frijol de soya y maíz para alimentar a otros animales y para echarle a la gasolina como combustible complementario. Estábamos en el centro del granero de los Estados Unidos, en medio de las grandes planicies estadounideneses, producidas por un glaciar hacía millones de años, a una distancia sicológica año, siglos, milenios luz de los días en que pudiera haber existido la tracción animal para el arado sobre el planeta.

La comida habrá comenzado a las dos, pero duró poco, al igual que la gira por la granjita. así que pronto volvimos al hotel con gran alivio, donde de inmediato hice la maleta y me preparé para salir al día siguiente hacia el aeropuerto de Chicago, a dos horas de distancia, y tomar al fin un avión hacia Seattle, preguntándome cómo habría de irme en ese rincón del culo del mundo, gracias a Dios.

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