latribudelpulgar (antes ruidos de la calle)

Notas provisionales y ficciones

Transgresiones transoceánicas

Posted by pachoj en julio 10, 2005

Hace unos días se inauguró la exposición Vivir en Sevilla, de Pedro G. Romero, con una mesa redonda donde participaron Patricia Sloane (curadora del Museo de Ciencias y Artes de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM), Juan José Gurrola (dramaturgo singular), Gonzalo García Pelayo y Pedro G. Romero. Gurrola abrió la charla con un anecdotario sabroso y ocurrente, como siempre que él habla, decano del arte de la conversación. 

La intención, según entiendo, era comparar la contracultura de los setenta mexicanos con la andaluza de la misma década pero, de ser así, la charla careció de sentido. Gurrola se centró en el grupo que confluyó en la Casa del Lago y la Zona Rosa, con nombres como Hugo Guitierrez Vega, Vincente Rojo, Fernando y Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, y un largo etcétera. Delicioso anecdotario, sobre todo para mí por el realce que hizo de la Casa del Lago, pero no estableció ningún vínculo con el Sevilla de aquella época.

Tampoco lo hizo ninguno de los demás ponentes.Gonzalo celebró un añejo y sobado surrealismo mexicano (Breton dixit), quizá intentando ser cordial con sus anfitriones, pero sin responder a la razón que lo debía tener en nuestra tierra, como hubiera sido hablar de su trayectoria sevillana de los setentas, de la exposición de Pedro e incluso, por qué no, compartirnos su visión del México de antaño y hogaño.

Patricia y Pedro no aportaron tampoco demasiado a lo que podría haber sido interesante disertar en función de la exposición. ¡¡¡Cuánto no habría podido narrarnos Gonzalo de su trayectoria multidisciplinaria desde los setenta, al igual que Pedro G. Romero!!! Por su parte, el público se centró en las consuetudinarias preocupaciones puristas sobre la rebeldía y la contracultura que tanto idealizan o mitifican el probable entendimiento de la contracultura en México. Pero, es que así parecieron cuadrar la charla los ponentes. El erudito Tin Larín (Guillermo Santamarina, director de ECO de la UNAM) iba a ser el expositor en lugar de Patricia Sloane, pero faltó, lo cual probablemente disculpe a la divina Pati de su falta de profundización en su intervención.Entre el público se hallaban Manolo Molina y Gualberto, del maravilloso grupo de flamenco-progresivo Smash.“De lo que pasa en el mundopor Dios que no entiendo ná,el cardo siempre gritandoy la flor siempre callá.”Al final me animé a hacer un comentario amable:

1-Hablar de contracultura, rebelión, underground y transgresión en la Sevilla de los setentas implica afirmar que los sujetos en cuestión (comunidades y artistas de las escenas tradicionales y populares –como los gitanos por ejemplo-) tenían conciencia de dicha transgresión. La pregunta es si existía esa conciencia de la transgresión contracultural en la Sevilla de entonces.

2-Las comunidades contraculturales que Gurrola mencionó conformaban una elite ilustrada europizada, incluso afrancesada, que sí tenía conciencia de la transgresión que todos ellos personificaban dentro del contexto cultural, social y artístico del país a la sazón (lo cual no es un juicio de valor), pero, a diferencia de Sevilla (comparacion que alguno de los ponentes debió haber hecho), no pertenecían a la cultura popular tradicional de nuestro país.

3-La segunda diferencia entre ambos procesos contemporáneos es que, mientras España salía del franquismo y ascendía en la llamada apertura que conduciría a La Movida Madrileña de los ochenta, la contracultura setentera mexicana venía de las masacres del 71 y del 68,es decir, respondía al reflujo de aquellos movimientos. En otras palabras, mientras en España se daba la transición a la democracia, en México se incrementaba el autoritarismo.

4-La contracultura(autoconciente) mexicana de los setentas se dio entre las elites ilustradas y entre los jóvenes roqueros de clase media y baja de las metrópolis, pero en ninguno de los dos casos se dio un diálogo con la cultura popular tradicional desde dentro. En el caso de los roqueros mexicanos, salvo excepciones, la influencia de la cultura de masas y de los valores globalizados implicó un reniego de los valores de la cultura tradicional, que para ellos estaba asociada o identificada con los valores patriarcales con los que precisamente pretendían romper (cf Zolov, “Refried Elvis”, 1999). Gente como Jorge Reyes o Toncho Pilatos, entre otros, dialogaron con lo tradicional pero “desde fuera” de las escenas culturales tradicionales. Por ejemplo (sin que esto represente tampoco un juicio de valor a priori), el indigenismo de Jorge Reyes representaba una romantización de la indianidad por parte de un urbanita criollo y cosmopolita.

5-Un fenómeno equivalente al sevillano de los setentas se dio en nuestro país con la incorporación de los valores de la globalización y de la cultura de masas, pero no entre las elites ilustradas ni dentro del rock, sino entre las escenas de la música popular tradicional tropical y sin conciencia de la transgresión. Quizá debido a la represión y censura antirroquera después del avandarazo del 71, el rock arraigó entre las audiencias populares tradicionales de México sin un aura contracultural ni intenciones transgresoras. En estas escenas, el rock “modernizó” la musica, pero con un sentido muy diferente a lo que entre los roqueros mexicanos significaba “ser modernos”.En otras palabras, el rock y la cultura de masas influyeron de forma diferente a las escenas culturales tradicionales, siempre soslayadas y hasta despreciadas tanto por las elites contraculturales como por las masas de roqueros que emulaban a sus héroes anglosajones. La música costeña, al incorporar los instrumentos modernos como los teclados, los sintetizadores, el bajo y la guitarra eléctricos, así como las baterías (a la par que ciertas actitudes, peinados y atuendos, como los maravillosos trajes brillantes de Rigo Tovar, su melena heavymetalera y sus lentes oscuros de gota a la Leon Russell), se convertiría en “música tropical” (segun se le llamaba entonces).

6-Gonzalo confundió en su ponencia la música venezolana con la veracruzana. Se disulpó, pero comenté que en realidad era una confusión feliz, puesto que hay un gran cercanía entre ambas músicas. Tanto o más que entre el son veracruzano y el mismo flamenco, tal como señala Antonio García de León en su libro El Mar de los Deseos (editorialSiglo XXI, 2002), donde analiza al Caribe (la costa venezolana incluída) como un Mediterráneo americano.

7-En el rock mexicano se dio un mayor diálogo con las tradiciones locales a partir de los ochenta, principalmente con Botellita de Jerez (n.1983) y con Jaime López. Pero nuevamente fue un diálogo o apropiación desde fuera de las escenas tradicionales. O mejor dicho, una apropiación de lo popular desde la óptica de las clases medias y medias bajas globalizadas (en diálogo con, o conciencia de, lo global). La rutpura más significativa del rock mexicano durante los ochenta se dio respecto a sus antecesores roqueros, es decir, dentro del mismo rock, ya que los roqueros de los ochenta superaron todo malinchismo y buscaron hallar su voz propia a partir de la asimilación de su singularidad localista, pero sin perder de vista el referente de la globalidad, es decir, asumien do a la escena roquera mexicana como parte de una comunidad global. Esta tendencia se desarrolló amplísimamente hasta llegar a Café Tacuba a principio de los noventa. En la escena electrónica tuvo lugar un proceso equivalente hasta 1999, con el surgimiento de Nortec en Tijuana, pero, una vez más, este movimiento representó una interiorización de lo tradicional local (la música grupera y norteña, la tambora sinaloense, etc) desde fuera. Los mismos nortecos aceptan que siempre despreciaron la música grupera hasta que las tendencias de fusión étnica de las escenas techno alemanas y europeas les llevaron a mirar a lo que tenían más cerca y que hasta entonces consideraban como música cutre, mala, según queda documentado en el prólogo al libro “Paso del Nortec, This is Tijuana”, editado por Trilce en 2004.

8-En cambio, como dejó ver Gonzalo García-Pelayo, en Sevilla el movimiento se dio entre las escenas de la cultura popular tradicional, como fueron los gitanos. De ahí lo fresco y naif de los hallazgos de gente como Triana, Las Grecas (aunque no son sevillanas), Smash, etcétera… (me dio un gusto enorme ver a Manolo Molina en mi país, de quien soy fan absoluto y a quien un dia le saqué una foto en En Danza de Sevilla, cuando ensayaba con Farruquito).

9-(Esto que sigue ya no lo comenté en público): En México uno de los pocos movimientos actuales, si no el único, que establece un diálogo con la cultura de masas y la globalidad desde la música tradicional (es decir, desde la cultura y la escena tradicional serrana) es el del son veracruzano. Como escribí hace lustros en la columna del Reforma al hablar de Tlacotalpan y de grupos como Chuchumbé y Los Cojolites, el fenomeno español solo tiene un equivalente mexicano emergente, que es el son jarocho, donde las escenas musicales regionales entran en contacto con la globalización y la cultura de masas para generar propuestas “pervertidas” de la tradición, desde la misma tradición.(Para leer en línea las columnas hay que pagar en reforma.com, pero pueden verse archivos de otros textos en el blog    Big(B)other y sobre todo en esta crónica de mi viaje a la fiesta de la candelaria en tlacotalpan Las jaranas).Lástima que no se dio una charla mayor con los españoles después de la formalidad de la ponencia. Habríamos podido charlar de la multiplicidad de géneros mexicanos populares que sí se nutrieron del rock y de la cultura de masas.Después de la conferencia subimos a echamos unos tragos en la terraza Fran Ilich, Paul Fallón (un académico estadounidense que no conocíá y que me sorprendió al comentarme que ha leído mis libros), Madeleine y yo. Madeleine, que enloqueció al setentón aunque aún impetuoso Gurrola, ¡y cómo no!Un tal Honorio Robledo se me acercó para agradecer mi comentario durante la ponencia, resultó ser un pintor y escritor de cuentos para niños que además toca la jarana y que acaba de regresar de vivir en Canadá y que ahora radica en jalapa, según me comentó ( Arteterra)La noche terminó como deben terminar las mejores noches: con una charla de profundis con Madeleine, incluído un par de sus lágrimas, en el pijísimo bar del Hotel Condesa.

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