latribudelpulgar (antes ruidos de la calle)

Notas provisionales y ficciones

Una historia sibilina

Posted by pachoj en febrero 12, 2005

El cristal está roto, incluso. Aún así, el pequeño cuadro con la foto de Sibylle me mira, lleva siglos colgado ahí en ese rincón de la pared de mi estudio. ¿Sibil?, su nombre en español tendría que escribirse Sibila y en inglés Sybil. Sibila profetisa o sibil la guarida subterránea. Ninguna de las dos. Y la ortografía es lo de menos, sino lo misterioso de su aparición, lo cerca que estuvimos durante un breve tiempo y lo gratuito de habernos separado sin retorno. Hacía lustros que no miraba esa foto añeja donde todavía resuena y deslumbra su sonrisa, su mirada fuerte, su graciosa belleza recargada sobre el barandal de un puente que cruza las indescifrables vías del tren en algún sitio de Hamburgo.

La conocí en Berlín en 1993, el mismo día que murió mi padre. No era ninguna profetisa, de hecho su aparición fue posterior a la noticia súbita de aquella madrugada en que me despertó el teléfono con una frase que no recuerdo pero da lo mismo, la muerte es la muerte. Después de ese telefonema me encerré todo el día en el hotel, hasta a las 10 de la noche, cuando quise salir a dar una caminata.

Me fui al Metrodorme en un parque céntrico de la ciudad donde había un concierto, un estupendo pretexto para tener a dónde dirigirme. Al llegar la gente ya salía del auditorio, todo había terminado. No importaba, la idea había sido tomar aire. Entonces vi a una chica de belleza fulminante, ella se dio cuenta de mi pasmo. Una desconocida, pero se detuvo, fue ella quien me abordó con un Español fluido aunque de fuerte acento… Charlamos un rato ahí parados y luego me invitó a echarme un trago. Ella hizo todo, detuvo a un taxi y me llevó a Kreuzberg o algo así, un barrio entonces de inmigrantes pero repleto de bares y restaurantes.

Entramos a un sitio de jazz, saludó a unos desconocidos en su idioma, y volvimos a la calle. Recorrimos así varios bares donde saludaba gente y luego salíamos de inmediato. Como no hablo alemán no entendí nada de lo que decía. Acaso eran amigos que le esperaban y ella pasaba a disculparse, o qué se yo, el caso es que terminamos solos en un antro mucho más extraño. Nos detuvimos frente a una estrechísima puerta de madera, tocó un timbre y alguien abrió una ventanilla por donde se asomaron dos ojos sobrios. La reconocieron y nos dejaron entrar. Se trataba de un antro subterráneo, clandestino. Charlamos durante toda la noche, ella renegando un poco de lo que llamaba “la cultura alemana”, tan cargada del “deber ser”, decía.  “La gente no se abandona a los placeres, menos aún a lo espontáneo”.

Nos dieron las cuatro, las cinco o las seis de la madrugada. Yo miraba su rostro fijamente, azorado de hallarme en ese minúsculo ambiente viciado por el humo y los deliciosos aromas noctívagos berlineses. Un vendedor de flores turco se acercó a ofrecer un ramo, Sibylle habló largamente con él, aunque nunca me enteré de nada. Yo sólo miraba su rostro. ¡Qué noche más rara! Mi padre había muerto esa mañana, ¿cómo podía estar ahí escuchando hablar a una desconocida de belleza deslumbrante sin que nada me faltara? ¿Era un Ángel llegado del cielo o enviado por mi padre con algún mensaje? Su belleza la recuerdo angelical, pero no lo suficiente como para redimirme de mi insalvable ateismo. No, no era un Ángel ni podía haber mensaje alguno, estábamos en un antro apestoso repleto de inmigrantes, outsidesrs, poshippies o pre-todo y nada me importaba más que estar ahí en ese instante, con esos ojos infinitos, fijos, relatándome su vida en el estrecho margen de unas cuántas horas.

Nos despedimos en algún minuto súbito, aunque ya no recuerdo qué tan tarde sería. ¿Por qué no seguimos juntos? Quizá yo necesitaba replegarme un rato, era demasiado para un sólo día. La invité a desayunar a mi hotel a la mañana siguiente. Imposible saber si lograría levantarse a tiempo.

Llegó acaso a las 9 o a las 10 de la mañana, prolongamos la charla nuevamente, era imposible dejar de escucharla. El transporte ya me esperaba a la puerta del hotel, un enorme autobús de dos pisos con literas, mesas, televisor y baño. Ya nos iba mejor en el viaje y el transporte tenía al fin todas las comodidades. Pero todos arriba del camión me esperaban.

Al pie de la escalinata Sibylle y yo intentábamos decirnos adiós, así que finalmente le dije “¿vienes?” 
-No puedo, debo hacer varias cosas mañana-, me respondió. -¿Cómo? Pasaste toda la noche criticando a los alemanes porque todo en la vida es consagrarse al deber y tú ahora me dices lo mismo?

Subió al autobús y partimos hacia Hamburgo. Viajo conmigo quizá una semana entera.

En Hamburgo alternamos con Héroes del Silencio en un enorme parque cubierto por el pasto. La misma hierba que en esos momentos debía estar cubriendo los restos de mi padre en un remoto pueblo mexicano. Sibylle iba y venía, era una mariposa que se movía de un lado a otro como en casa. Yo no estaba en casa ni la tenía. Sólo la miraba y sonreía. Vinieron a mi mente aquellos versos de Evtuchenko que mal recuerdo y que quizá iban así: “voy huyendo de todo lo insondable, como si alguna cosa no lo fuera, huyo de no tener ningún hogar, aunque su falta mi destino sea”. Qué cerca estuve al fin de mi padre en ese momento, cuando acaricié el pasto sentado entre la audiencia esperando mi turno para subir al escenario. A eso se reducía su recuerdo, siempre ausente, pues salí de la casa paterna a los 15 años. Pronto dejé de importarme la frescura del pasto y volví a mirar a Sibylle revolotear entre su gente alemana.

Viajó conmigo una semana quizá. En algún punto tomó un tren para su Berlín y yo seguí la gira con mi banda.

Tiempo después Sibylle vino a México, un par de veces ¿a buscarme? Luego regresó a su país y no supe más de ella. Hace más de dos años volví a recordarla y, casualmente, por esos días, al detenerme en un semáforo, un desconocido dentro de un auto a mi lado me tocó el claxon. Abrí la ventana y me preguntó por ella: “Hey Pacho, ¿tú eres Pacho, no?” 
-Sí, ¿por?
- “¿Tú eres amigo de Sibylle, ¿cierto? ¿Tienes su contacto?”. 
No lo tenía. 
-¡Qué extraño! ¿Cómo sabes que la conozco? … Y qué curioso que te aparezcas hoy precisamente, esta semana estuve pensando en ella y busque entre mis libretas viejas sus datos y no, no los tengo – ,le dije.

Intercambiamos teléfonos y quedamos de que el primero que lo consiguiera llamaría al otro, nunca más supe de él. Ese día llegué a casa y volví a buscar alguna pista, no hallé nada ni recordé si alguna vez anoté su dirección o algún teléfono (en aquellos años aún no usábamos Internet). Quería saber de ella, cómo andaría, pero me hice a la idea de que sería imposible contactarla nunca más.

Hace una semana me llamó Anne H., una escritora e investigadora alemana que me ha editado varios textos en distintos medios de su país. Está escribiendo una investigación sobre la memoria y quería entrevistarme. Finalmente nos vimos el jueves pasado, la entrevista fue larga. Ella vivió once años en México y ahora lleva como tres o más viviendo en Berlín. Aunque la conozco desde hace años, nunca antes le pregunté por Sibylle, pero cuando me dijo que ahora vivía en Berlín casi automáticamente y sin esperanza le pregunté si conocía a “una tal Sibylle, actriz de teatro pero que no se cómo se apellida”…

Sí. Se conocían. De repente se veían en su ciudad. 
-¡No!, ¿Cómo es posible?
-Bueno, Berlín es muy pequeño comparado con el DF, además de que pues, todos los que hemos vivido algún tiempo en el DF nos solemos reconocer.

Me dio su teléfono. Ayer viernes le llame… Qué extraño oír su dulce voz. Qué gusto nos dio a ambos. Por la bocina escuché algunos llantos conmovedores. “Tengo un bebé de 8 meses”, me dijo, “qué maravilla”, continuó, “qué gusto saber de ti. Y qué suerte, porque estoy a punto de irme a vivir al sur de Francia con mi novio.”

Me dio su email y le he escrito. Le pedí que me enviara una foto con su niña.

Mientras tanto, su foto enmarcada en mi estudio sigue sonriendo. El cristal del marco está roto, el tiempo sigue su marcha sibilina.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: