latribudelpulgar (antes ruidos de la calle)

Notas provisionales y ficciones

Mitos y nostalgias

Posted by pachoj en diciembre 20, 2004

El frío se presta y no salgo de casa. Es el primer lunes de vacaciones, fumo un cigarro y oigo algo de música. ¿La playa? No se ha dado. Sigo aquí, gozando del encierro.

Hace tres semanas, el 6 de diciembre, tuve mi examen profesional. De ahí nos fuimos a una cantina los cuates y la familia. Es como concluir un periodo postergado, no más.

Anoche dormí hasta tarde y sólo salí a ver una función de danza, luego me fui a echar un trago con Pepe K. al Pata Negra, donde me raptaron alegre e inesperadamente. Hoy amanecí tarde, despedí a mi acompañante, que me había raptado en el bar, y no he hecho más que leer y escuchar música. El periódico aburrido, pero un libro sobre la historia de La Casa del Lago, fundada en 1959 como foro cultural, me ha despertado la nostalgia por una infancia lejana y brumosa, que hoy parece reciclarse al refrescarme la memoria pues ofrece elementos para contextualizar el presente.

El sábado dormí casi todo el día, a la noche me fui a cenar solo al Xelha. Me encontré a Rogelio Villarreal(rogelio villarreal), así que después de terminar mi cena me fui a sentar a su mesa (primero necesité estar un rato solo, pues esa era la idea al salir de casa). Entoncees charlamos sabroso con un antropólogo marroquí que trabaja con Roger Bartra. Hablamos del libro de Zolov, Rebeldes con causa, la contracultura mexicana y la crisis del Estado partriarcal (Norma 2002), que en inglés se llamó Refried Elvis, the rise of the mexican counterculture (1999).

Rogelio me dijo que J.M. Servín había escrito una crítica en El Ángel del Reforma. Al llegar a casa en la noche ya tenía por email la critica de Servín enviada por Rogelio. Le respondí a Rogelio el domingo, con un texto más corto del que a continuación transcribo con correcciones:

Gracias Roger por el artículo de Servín. Sorprendente, de verdad, que tu compa polemice con un libro que yo no leí. Parece que se pelea con su propio hastío y decepción hacia lo que él llama contracultura (¿saldos de quien finalmente llega a los cuarenta?), pues ni siquiera alude a lo que sí está escrito en el libro de Zolov. Lo inventa.

Seguir repitiendo la homilía de que el rock mexicano es imbécil y la contracultura más, pues es eso, un sermón que no sé qué tiene que ver con el libro de Zolov. Este autor gringo, Zolov, nunca intenta reivindicar la contracultura de los sesenta mexicanos, sólo la estudia. Sus opiniones no son subjetivas, o al menos se derivan de las fuentes que utiliza y no pretenden otra cosa. Si la contracultura (o el periodo histórico) que reconstruye Zolov, como nunca antes nadie lo había hecho, le parece aburrido a Servín, no necesariamente es porque el libro de Zolov sea malo, sino porque así es como sucedieron las cosas, ¿me explico?

Historiográficamente Zolov tiene varios hallazgos que nadie había planteado, mucho menos documentadamente. Es decir, hallazgos que no son sólo ocurrencias o gimnasias conceptuales, como las de Servin, que no explicita de dónde extrae sus dardos y que, a la vez, afirma que documentarse le cansa (¡al leer un libro de historia!) –Lo mismo me dijo José Agustín en una comida para justificar sus absurdos errores fácticos y de datación en su libro La Contracultura en México, al no poner ninguna referencia documental ¡para no cansar al lector!, pero en cambio, sí se atreve a afirmar falsedades con irrebatible autoridad y narcisismo ante el lector–.

Entre otros hallazgos, Zolov hace un acercamiento al fenómeno relacionándolo (documentadamente) con las clases sociales (no sé por qué Servín dice que al libro le falta ocuparse de las clases bajas). Por ello Zolov es el primero en afirmar que el rock mexicano, impulsado originalmente a finales de los cincuenta por las clases medias, comenzó a ser apropiado por las clases bajas a fines de los sesenta, es decir, DESDE ANTES de Avándaro (como recordarás, tú Roger, lector voraz, la mayoría de los comentaristas hasta entonces afirmaban que “los nacos” llegaron a Avándaro de la nada. En cambio, Zolov documenta cómo se fue generando esa expectativa roquera entre las clases bajas desde antes, explicando al fin su irrupción masiva durante Avándaro).

Servín sigue la ruta de Hugo García Michel, Zebadua, Thelma Durán, Fernando Barrios y tantos otros, en subsumirse al ideal estadounidense de contracultura, “paradigma de la contracultura” dice Servín, (sin nunca definirla, inventán dola, sin nunca detenerse a ver sus propias contradicciones internas), para decepcionarse de la contracultura mexicana realmente existente.

Servín lamenta el divorcio entre músicos e intelectuales, afirmando que los roqueros rehuimos el diálogo con los críticos (por cierto, recuerdo que alguna vez respondí a una plaqueta de varios autores llamada “Corriente Alterna” en un artículo publicado en el Reforma que titulé “La corriente de los criticones”, pero ninguno de ellos me respondió). De cualquier forma, divorcios entre los músicos y los intelectuales sucedieron también en USA, con excepciones.

Pero eso es lo de menos, lo curioso es que son precisamente los intelectuales (como Servín), quienes en todo caso estarían faltando a las expectativas del paradigma contracultural que exaltan, ya que “los músicos” no se dedican a eso por lo general, salvo excepciones nuevamente, y no sólo aquí, sino en cualquier país. Son los que escriben sobre el tema los que deberían estar generando reflexiones que enriquecieran a la contracultura, ¿no? Servín podría al menos estar haciendo críticas más honestas y siquiera menos “chambistas”, mínimo leyendo verdaderamente el libro que va a reseñar.

Y bueno, como no es Servín lo que nos ocupa, sino su crítica a Zolov, éste no tiene como objetivo hacer la historia de los músicos, según critica Servín, sino una historia cotidiana del periodo en cuestión. El de Zolov es un acercamiento explícito (así lo afirma en su libro) al 68 mexicano (y sus antecedentes), desde la perspectiva de las corrientes de Cultural Studies (esto último no lo explicita el autor), lo cual lo lleva a ver la contraparte cultural que acompañó –o no– a un movimiento político y por lo mismo se extiende hasta el 71 con Avándaro. Si Zolov no te incluye a ti Roger en su libro, como reclama Servín, recorcholis, pues es porque no eres parte del periodo que estudia (aunque al final hace una proyección de su periodo y realiza un comentario brevísimo de los años posteriores, pero no es el centro de su libro).

El andamiaje documental de Zolov es una joya, por lo que tampoco entiendo por qué Servín afirma que el libro recurre incansablemente a José Agustín, cuando no hay nada escrito con tal riqueza, cantidad y variedad de fuentes como el de Zolov (al grado que a tu cuate le parece un libro voluminoso y pesado).

Por lo demás, seguir negando al rock como un bloque unívoco (y mira que te lo digo cuando casi nada de lo local me gusta), mirando sólo lo que aparece en la radio y la tv, es como negar la literatura mexicana porque en los Sanborns hay sobre todo cosas de Spota, Poniatowska Corin Tellado, Gloria Trevi, etc. Y lo más inverosímil de Servín es la idealización del narcocorrido, moda intelectual de hoy, que no “traiciona su arraigo ni su actitud provocadora” (gulp).

En cuanto a la encuerada de Avándaro, que reclama Servín, la investigación de Zolov también me sorprendió por su énfasis en el papel de la mujer en el periodo estudiado. Si José Agustín yerra, una vez más, en no mencionar al feminismo en su libro Contracultura en México (y eso que el feminismo fue uno de los rasgos más definitorios de la contracultura mundial de los sesenta), Zolov deslumbra por la forma en que reconstruye la importancia de la contracultura mexicana en la liberación cotidiana de la mujer (casi como en una microhistoria), incluidos los límites que este proceso enfrentó dentro de la machista contracultura mexicana. Asunto que puede discutirse, claro, pero no inventar que Zolov no se ocupó de la mujer ni de la encuerada de Avándaro. A menos que para Servín lo único importante de esta última es que, como afirma, ahora muchas chicas se desnudan del pecho en los conciertos, ¡caray! Eso sería reducir demasiado la importancia de la misma encuerada y de la mujer en el periodo que investiga Zolov.

En fin. Cómo dice el refrán chino, “Cuando el dedo apunta a la luna…el necio mira el dedo”: creo que Servín se quedó mirando al dedo y nunca volteó a ver la luna. Mejor que siga con la ficción, pues su novela, Cuartos para gente sola, no es tan chafa, tiene tono y credibilidad. Al menos en ésto sí supera a García Michel, quien sólo alcanza a imaginar que es un novelista incomprendido, como ya tuviste la desdicha de experimentar.

Estimado, no te puedo mandar la tesis porque la tengo en la compu del trabajo. Te la mando en enero. 
Me dio gusto verte ayer, 
abrazo!!!

Hasta aquí el email que envié (corregido) a Roger. Mientras trancurre el día escucho “Masked and Anonymous”, covers de rolas de Bob Dylan, muy a tono de este frio lunes de nostalgias revisitadas.

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