En un barrio popular probamos bocadillos del siglo XVIII. Manchamanteles, chapulines con cacahuate, pipianes, moles y demás guisos autóctonos. Alejandro Jodorowski y sus hijos Brontis y ¿Adán? se fascinaron con los chapulines de receta insólita, ya que en ese lugar secreto sólo me la preparan a mí (supongo que el convidador me convocó precisamente porque sabe que ahí me consienten).
El ambigú poblano fue también un recuento de época. Brontis estudió en la misma primaria que yo en los años setenta. Alejandro invocaba personajes: Gurrola, Jaqueline (la mamá de Alisarín), Luis G. Basurto. También evocaba sus acciones performáticas de antaño y piezas como Así Hablaba Zaraatustra, El Topo y otras tantas de las que oí hablar a mí madre, así como otras llanamente por mí desconocidas. Se entusiasmó con probables performances futuros (quiere “lavar” la “sangre” de Tlatelolco con helicópteros, pero no voy a anticipar aquí la idea, que ni siquiera es mia).
Habló de tantos proyectos, acaso concebidos al vuelo de la conversación de sobremesa con Sergio Raúl Arroyo, Felipe, Lorena y José Wolffer. Recordó su paso por el teatro Fru Fru, y el Ángela Peralta, y le pregunté por el Teatro Blanquita (donde nunca actuó pero al que sí asistía). En algún momento recordó sus intentos de mezclar la vangaurdia o la contrcultura con la cultura popular (quiso que la Tigresa actuara en una de sus obras, pero no lo logró)…
Criticó al Dalai Lama por tener un Rolex obsequiado por Bush. El futbol le parece un juego homosexual donde lo que enrealidad se intenta patear son los “testículos” (por lo de las bolas) para lograr “penetrar” al adversario, mientras que el balón es, de acuerdo a la numerología, Jesús. Por su parte, los toros serían para él un ritual fálico.
Como se ve, es un cerebro random estableciendo sin cesar asociaciones aleatorias a partir de sus archivos sobrealimentados de lecturas bíblicas, esoterismo, literatura, dramaturgia, cultura de masas, psicoanálisis e intenciones contraculturales provocativas, ahora convertidas en afanes curativos.
Mañana regresan a París, hoy es su última función en el Teatro de la Ciudad. A Adán no lo conocía, es músico, quedó de enviarme el link de su MySpace. Es lo poco que pude saber de ellos, que no hablaron.
Imposible reproducir la charla delirante de Alejandro Jodorowski, su monólogo infranqueable. Se trata de una experiencia irreductible. No es lo que dice, sino cómo y quién lo dice. Un megalomaniático monumento conmemorativo de sí mismo.
Es indudable que el tiempo ha pasado y lo escandaloso o provocador inevitablemente tiende a volverse inocente.
Yo llegé tarde a la comida, distraido. Apenas me senté hice un comentario inocuo: Jodorowsky se encabronó, me dijo que quería provocarlo. Juro por Dios que no hablé en clave sediciosa, pero de nada habría valido externar mi juramento; además yo sí soy ateo. Me asumí ausente mas no invisible, pues de vez en vez me dedicaba mirandas oblicuas. Poco después, tan pronto como la ingesta poblana satisfizo los estómagos, fui indultado.
“Ya te perdonamos”, me dijo utilizando el plural con una dulce sonrisa en la mirada (el perdón consistió en que a partir de entonces me dejó intercalar algunos silencios).
Hace una década quizá que Braulio Pealta me mostró un comic psicomágico y me dijo “esto sí es contracultura”. A mí aquello me parecía ya más cercano a un new age churrigerseco.
Hay gustos para todo: Val, mi perspicaz gran amiga, opina que ser hoy fan de A.J. es ser un poser.
A mí, en persona, me pareció divertido.