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Notas provisionales y ficciones

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Las hijas del porfiriato

Posted by pachoj en julio 25, 2007

Los hijos del porfiriato convertidos en trágicos emisarios de la modernización mexicana. Si una de las características de las revoluciones sociales desde el siglo XVII es el acomodamiento de las viejas elites dentro del nuevo orden, es curioso ver cómo la revolución mexicana terminó “perdonando” a las elites porfiristas y que, con el tiempo, los hijos de estas elites se revelarían como dandys ante las condescendencias conservadoras del nuevo orden. Estas son algunas inferencias después de haber leído sobre la vida de Nahui Olin.

María del Carmen Mondragón Valseca, hija del teniente coronel Manuel Mondragón, nació en 1893 y pasó su primera infancia en Francia. Vuelve a México en 1905. En 1913 su padre confabuló para derrocar a Francisco I. Madero, quien se había convertido en presidente desde el 23 de noviembre de 1911. Mondragón fue el artífice de la “decena trágica”. Cuando triunfa el usurpador Huerta, a Mondragón le dan la Secretaría de Guerra y Marina pero muy pronto, el 13 de junio de 1913, tiene que exiliarse en Bélgica.

Su hija Carmen Mondragón se casaría el 6 de agosto de 1913 con el cadete y diplomético Manuel Rodríguez Lozano, pintor amateur y homosexual que con el tiempo sería amante de Maria Antonieta Rivas Mercado (otra hija liberada del profirismo, tenaz y melancólica, anticipada al feminismo de los años sesenta). Se dice que el viaje de bodas de Carmen y Manuel fue al Bosque de Chapultepec, según se usaba en la época.

El matrimonio viaja a Francia en 1920 y vuelve a México cuando Carmen tenía 29 años de edad. Entonces Carmen abandona a Manuel para irse a vivir con el pintor y vulcanólogo Gerardo Murillo, que estaba ya en sus 47 y quien había sido rebautizado en París como el Dr. Atl por el poeta Leopoldo Lugones (Dr. Agua en nahuatl). Anécdota que viene a cuento porque es el mismo Dr. Atl quien bautizaría a Carmen con el nombre de Nahui Olin.

La relaciín fracasa dolorosamente después de un tiempo, pero Nahui siguió teniendo amantes, pintando, escribiendo, componiendo música, actuando y, sobre todo, conmocionando a la sociedad y las buenas costumbres de su época postrevolucionaria.

A algunos de estos amantes les dedicaría cuadros eróticos: Matías Santoyo, Eugenio Agacino. Posaría desnuda por completo en una sesión fotográfica con Antonio Garduño, dueña de un cuerpo y una belleza impactante que porta con una libertad y soltura insólitas para la época. Mujer libre y como tal, repudiada por muchos de sus contemporáneos, a la vez que celebrada como musa por parte de varios pintores y poetas de la época, entre ellos, el mismísimo Diego Rivera, quien la pintaría en varios murales, como en el del anfiteatro Simón Bolivar en San Idelfonso (UNAM), el tablero del Dia de los Muertos en la Secretaría de Educación Pública, en Sueño de una tarde dominical en la Alameda, en un mural del Palacio Nacional y en el de la fachada del Teatro Insurgentes.

Nahui la amante, la musa, la poetiza, la compositora, la actriz y la pintora. Nahui la loca que quiso vivir su vida, su cuerpo y sus fantasmas interiores, acaso creyendo que el arte prometía la posibilidad de vivir la vida cotidiana como catarsis y entrega.

Según consigna tomás Zurian, Jean charlot consideraba que Nahui poseía un espíritu plural, protéico, “esa forma tan natural expansiva de tratar de atrapar en todas sus dimensiones, no la celebridad o el éxito, sino la existencia en su mayor esencia creativa. Nunca ansió el reconocimiento ni la admiración de las multitudes, sino su realización plena en la vida y en el arte”.

La revolución sexual y de las costumbres comenzó en los años 20 con estas mujeres.

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