Pongo aquí la ponencia leída en un debate sobre cultura campesina en enero de 2003, según la postié el 10 de febrero de 2003 durante mi participación en el Blog Colectivo de Big (B)Other.
LOS HIJOS DEL CAMPO
Por Pacho
Luis Cardosa y Aragón relata que en 1925 llega a México Vladimir Mayakovsky por el puerto de Veracruz y que al desembarcar preguntó sorprendido: “¿En dónde están los indios?”; a lo que alguien le respondió: “Son los que llevan sus maletas”. La anécdota ilustra cómo los citadinos tendemos a representarnos al indio, incluso al campesino, dentro de una visión idealizada, bucólica y pastoral. Si el indio se nos presenta sin vestir sus atuendos tradicionales, no lo reconocemos. Acaso a algunosel desengaño les parezca incluso un fraude. El campesino sin su sombrero de palma y su calzón de manta, ataviado con una gorra de beisbolista y botas de casquillo, o si es más joven, vestido con camisetas estampadas con el nombre de algún grupo de rock pesado, no nos parece “auténtico”.
DESDE LA CIUDAD: EL CAMPO
Desde la ciudad, el campo es esquivo. A nuestros ojos parece esconderse. Y aquí no me voy a referir a las múltiples presencias del campo en la ciudad, de las que ya Guillermo Bonfil Batalla se ocupó extensamente en su libro México Profundo, donde reivindica las muchas formas en que la herencia indígena está viva e informa nuestra vida urbana, aunque nosotros no siempre seamos capaces de verla. En cambio, me ocuparé brevemente de la representación que se hace del campo dentro de algunas culturas juveniles relacionadas con el rock o la música moderna.
Decía que los citadinos no siempre somos capaces de ver el campo, ni siquiera cuando viajamos fuera de la urbe, ya que llevamos con nosotros a la ciudad y su mitología. El campo se convierte para nosotros apenas en un resort vacacional, una especie de escenografía. En cuanto a la imaginería juvenil, la divertida película Y tu mamá también refleja lo que el campo puede representar para algunos chavos viajeros, algo así como una ambientación que vemos pasar a través de la ventana de nuestro auto mientras transitamos por la carretera, un ciclorama que en la película enmarca las preocupaciones citadinas de los tres personajes y, particularmente, la fanfarronería sexual de los charolastras, un par de adolescentes de clase alta.
Si acaso,como sucede en un momento dado de la película, el campo se concentra en una palapa y en una rockola que exalta el instante íntimo; situación que a los personajes les permite transgredir su sexualidad urbana y cosmopolita. El campo es el lugar donde todo está permitido para el citadino, lejos de las normas urbanas, pero donde dicho urbanita siempre se mostrará indiferente hacia las costumbres locales. El campo es un lugar con el cual no siempre interactuamos de manera sensible, abiertos a su otredad.
Así, el campo se esconde para muchas culturas juveniles, decía. Es apenas un ornamento que nos da color local ante el mundo, acaso referido como kitsch. En ocasiones, simplemente se inventa la imagen de lo rural, según las muy urbanas fantasías de cada individuo. Entonces se le convierte en la tierra que contiene los misterios que resolverían nuestros modernísimos dilemas y vacíos: acaso la cuna del chamán que pueda redimirnos, como en la película Piedras Verdes, de Ángel Flores.
Quizá esta chamánica imaginería juvenil, repleta de fantasías protoindigenistas, tenga su origen en 1959, cuando se inaugura la carretera de terracería que va de Teotitlán del Camino a Huautla, dando comienzo con ello al surgimiento de un nuevo territorio psicológico, el del turismo de mochila al hombro (que con el paso de los lustros, se convertiría igualmente en una industria turística alternativa).
En los sesenta y setenta los trailers park, las playas vírgenes, las ruinas arqueológicas, las sierras y los desiertos, fueron destino de miles de jóvenes nacionales y extranjeros en busca de lo que se consideraba “auténticamente” rural, sin que muchas veces se alcanzara a averiguar cabalmente en qué consiste lo de “auténtico”. ¿Quién que haya sido joven desde los sesenta no ha estado, al menos una vez en su vida, en una playa del Pacífico bebiendo una cerveza Victoria en una hamaca, mientras de la grabadora portátil sale el último disco de reggae o cualquier otro ritmo de moda? Pero, ¿es esta la cotidianidad del campo mexicano real?
Así pues, la contracultura de la Onda inaugura en los sesenta un nuevo tipo de indigenismo que muchas veces alcanza a ver al indio, pero muchas otras lo inventa. Alvaro Estrada, en su delicioso libro Huautla en tiempos de los hippies, realiza una especie de antropología invertida donde retrata cómo los hippies extranjeros y los jipitecas nacionales, no se involucraban en las faenas locales,pues narra cómo a los hippies sólo les importaba consumir “el hongo”, beber y reventar. Aunque ellos pensaran que estaban comulgando con lo indígena.
En el testimonio de Estrada, la visión de la contracultura de los sesenta y setenta hacia las costumbres indígenas oscilan entre el romanticismo y la indiferencia. Este autor hace notar que los extranjeros jipiosos no se interesaban verdaderamente por “aprender de los hongos” ni atendían al significado profundo que éstos tenían en los usos locales, ni tampoco se interesaban por otro tipo de costumbres de la comunidad.
Por lo mismo, en la mayoría de los casos el encuentro entre estos dos mundos no siempre fue armonioso: Los visitantes nunca participaron de las costumbres nativas, como por ejemplo en el tequio, aunque, escribe Álvar o Estrada:
“cada domingo en el altavoz del edificio municipal de Huautla la autoridad arengaba a la gente, parloteando en su lengua local para que se presentase a trabajar comunitariamente al día siguiente, lunes -día de tequio- en determinado sitio del pueblo: era la herencia ancestral del trabajo comunal y gratuito. Un día a la semana, la aportación del individuo a la comunidad”.
Estrada es crítico hacia los fuereños, pues considera que con su llegada se perdió la paz en el pueblo y “muchos de los seres mágicos abandonaron la sierra”, pero tampoco deja de ser tolerante hacia aquellos. De hecho, reprueba decididamente la represión que las autoridades desplegaron contra los jóvenes y afirma que, mucho más dañinos que los jipitecas, resultaron los males cotidianos del hambre y la miseria.
A partir de entonces, las culturas juveniles han reflejado de distinta forma y quizá con distintos grados de asertividad la realidad de la vida en el campo.
Desde los sesenta, las contraculturas urbanas han explorado las culturas no occidentales para nutrir sus figuraciones. Recuerdo la vez que los zapatistas visitaron el Tianguis del Chopo; entonces los enmascarados vieron desfilar a los neoprimitivistas inspirados en las ornamentaciones mayas precolombinas, con sus tatuajes tribalistas, sus lobulos deformados por enormes orejeras de jade, o con sus piedras preciosas incrustadas en los dientes….a todo ello los enmascarados preguntaban por su significado, no lo entendían. Maravillado por el azoro de los zapatistas, al final me animé a preguntarle a algunos de ellos qué pensaban de las vestimentas de los jóvenes de ese mercado, su respuesta fue tolerante, pero no dejaron de pintar su raya, diciéndome llanamente: “Pos cada quién su cultura, ¿no?”. Tal fue el encuentro o desencuentro entre los mayas actuales y aquellos chavos contraculturales, inspirados en las ornamentaciones de los mayas, sí, pero en los precolombinos, no necesariamente en la de los indios vivos hoy día en el sureste mexicano.
En efecto, esta forma de interesarse por lo indio, que a veces lo inventa o reelabora y otras lo descubre, ha generado una serie de subculturas urbanas muy interesadas por lo oracular y arcánico de la culturas indígenas. Es necesario enfatizar que las contraculturas juveniles han establecido un diálogo mitificador con el campo, pero otras veces han aprendido a verlo y comprenderlo mejor, por ejemplo a partir del zapatismo, que entre muchos chavos propició un interés por establecer vínculos más respetuosos hacia la otredad rural. En otras palabras, desde los sesenta hasta nuestros días, también las culturas juveniles han aprendido a ver el campo con mejores enfoques. Tal es el caso del movimiento de rock que se ha solidarizado con los zapatistas, un movimiento que, además, es internacional y donde participan más de cien grupos en activo por todo Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.
DESDE EL CAMPO: LA CIUDAD
Y sin embargo, también desde el campo se establecen diálogos hacia las ciudades del mundo. Visto desde el otro lado, desde el campo mismo, no todo lo moderno proviene de la ciudad. Hoy en día el campo dialoga con la globalidad desde sus propias comunidades. Tuve noticias de grupos de rock indígena desde los noventa, como los otomíes de Orines de Puerco, conformado por chavos artesanos radicados cerca de Toluca, quienes se insertan en una comunidad simbólica, global y transfronteriza, como es el punk, género que cantan en otomí.
También puedo mencionar al grupo Sentimientos Contradictorios de Juchitán, que cantan rock en zapoteco y dicen llamarse así porque se sienten incomprendidos al vivir en el vértice de dos culturas, la tradicional y la roquera. Recuerdo el día en que llegué con mi banda a tocar a Juchitán en una fiesta de pueblo que comenzó con un bailable de mujeres vestidas con sus trajes tradicionales y música de banda. El público era de adolescentes campesinos o hijos de campesinos algunos, todos vistiendo camisetas estampadas con los nombres de grupos roqueros; impacientes, urgían porque comenzara el rock. Entonces terminó la danza, las bailarinas salieron del escenario, luego lo hicieron los músicos de la banda tradicional, quienes dejaron sus instrumentos en el piso, tomaron una guitarra y bajo eléctricos, un saxofón, otro se trepó a la batería y sólo uno de ellos conservó el mismo instrumento que tocó para las bailarinas, una concha de tortuga, típico instrumento tradicional de la región. Así que el primer grupo de rock de la noche era un conjunto local que, además, ¡estaba integrado por los mismos músicos de la orquesta típica! Su repertorio era de canciones originales y versiones de piezas típicas llevadas al rock, por ejemplo, “La Llorona”, que cantaron en zapoteco y en un ritmo de seis octavos, no en cuatro cuartos como casi siempre se toca el rock. Un repertorio absolutamente innovador en sonoridades e intencionalidades. Y lo paradójico es que era esa persistencia interpretativa tan local, basada en la fuerza de lo tradicional, lo que los volvía plenamente modernos.
Así mismo, tengo noticias de que en la sierra mazateca hay pandillas indígenas, bandas no asociadas a la violencia, pero sí a la identidad generacional, conformadas por chavos rebeldes que acaso conforman una especie de contracultura dentro de la misma cultura indígena, es decir, expresan rupturas culturales que tampoco dejan de ser parte de la cultura indígena. Siempre se ha considerado que el fenómeno de las bandas es un asunto urbano, sin embargo, según los reportes de Jorge Lara de Tehuacan, Puebla, las bandas ya son un fenómeno que existe en lugares como la sierra mazateca, donde estos agrupaciones juveniles se hacen llamar los anti, porque “están en contra de todo” respecto a su entorno, lo que buscan es poder ejercer sus intereses culturales y recreativos en su propio contexto. Estos hijos de campesinos oyen rock, al Tri, Maldita Vecindad o a Café Tacuba, pero tampoco quiere decir que ellos estén renegando de su condición de indígenas, simplemente desean vivir su indigenidad incorporando valores culturales nuevos respecto al resto de la comunidad. Tampoco se trata de una imitación de los chavos de las ciudades, sino de una reelaboración generacional.
¿Cuál es esta indigenidad? Por ejemplo, hace un año el grupo Santa Sabina visitó Huautla, en un concierto organizado por el colectivo cultural Los de acá y, aunque no pude asistir, el sr. Lara me contó que los antis estuvieron muy activos promoviendo el evento mediante grafittis en las bardas y que, por primera vez, ante el acoso de la policía, los antis pudieron mostrar un papel donde el municipio les autorizaba para realizar sus pintas, ya que el concierto tuvo el aval de las autoridades locales. Hay aquí un terreno maravilloso que explorar, en relación a cómo los jóvenes del campo ven al resto del mundo y como asimilan ese diálogo general a través de las generaciones. Pero también respecto de qué es lo que las generaciones mayores, las autoridades, pueden hacer para expandir a su comunidad, incluyendo también a las nuevas generaciones.
Como se ve, la “modernidad” no es sólo urbana. ¿Qué de la cultura rural tiene ya la “universalidad” de lo urbano sin perder su ruralidad? Un ejemplo es el movimiento del son veracruzano, el cual se ha revitalizado enormemente en los últimos lustros, potenciados por los circuitos naturales de los fandangos a todo lo largo del estado. Recuerdo que hace un par de años, durante la fiesta de La Candelaria en Tlacotalpan, los Cojolites me invitaron a comer, un grupo de son jarocho integrado por hijos de campesinos de Jáltipan, todos menores de 21 años. Al terminar de comer nuestros tamales a la orilla del río, ellos agarraron sus instrumentos, sus jaranas, sus arpas, su marimbol, y su quijada de burro, para ponerse a tocar rolas diferentes a las de su repertorio tradicional, una y otra pieza de “modernos” géneros diversos, entre las que se hallaba el rock, por ejemplo, temas de Manu Chao que, sin intencionalidad vanguardista, mostraban el color local de los instrumentos fusionado con la “modernidad” de las rolas del famoso europeo. Versiones que no pretendían ser vanguardistas pero que eran acaso mucho más modernas por su color heterodoxo que las versiones originales del ya de por sí híbrido Manu Chao. Si alguien hubiera grabado ese momento, estaríamos ante una música moderna y de absoluta vanguardia* mundial. La interpretación no dejaba de ser jarocha y campesina, mostrando así que existe en ellos ya un diálogo con el orbe, pero desde la propia identidad local, asimilando la información planetaria. De esta forma, si antes pensábamos que la modernidad en la música era eso que nos llegaba de Londres o Nueva York, hoy en día es como si el diálogo cultural con el globo desde la ruralidad, permitiera que la tradición nos modernizara. Y aquí no estaríamos hablando de una modernidad unívoca que es impuesta desde los centros metropolitanos de cultura planetaria, con su propensión a fomentar sólo el consumo pasivo. No. Se trata más bien de una modernidad en cuanto a su reclamo de pluralidad, su ejercicio de la multirreferencial. Es música moderna en cuanto a que es formalmente disidente (en el sentido que Octavio Paz le da a la “tradición de la ruptura” al ocuparse del arte moderno). Se trata de música generada desde las raíces locales que entra en diálogo con el contexto internacional, de acuerdo a las necesidades y la gestión de valores culturales desde lo local. Aquí el consumo de la música pop internacional es creativo y reelaborador, no imitativo.
Al mismo tiempo, y de regreso a la ciudad, hoy en día la fuerza de este movimiento de música jarocha y sus fandangos ha generado un interés enorme entre los jóvenes de las grandes urbes, basta asistir a los fandangos que se organizan en Veracruz, donde conviven campesinos con chavos ataviados con sus dreadlocks y perforados por miles de aretes pero que, en lugar de cargar guitarras eléctricas a sus espaldas, llevan sus jaranas o se ponen a zapatear en las tarimas para el baile. Lo mismo sucede en los fandangos que se organizan en el DF, donde asiste un público de clase media a zapatear y beber toritos.
La música grupera, que abarca varios estilos, también es un territorio que genera valores culturales modernistas. Mezcla de géneros tradicionales como el corrido y la polka con estilos “modernos”, como la balada. Hoy esta música trasciende regiones. Se escucha en varios países latinoamericanos, en Estados Unidos y ahora, recientemente, incluso en Europa mediante el trabajo de grupos como Los Tigres del Norte y la Banda del Recodo. Aquí se pone en juego otro tipo de imaginería, de estética y de cultura, que narra la vida de los migrantes y también el problema del narcotráfico en un país y un mundo gobernado por la corrupción y la falta de alternativas de subsistencia en los campos y las ciudades. De origen rural, se trata también de una música moderna que, sin afanes vanguardistas, integra sonidos del reggae, como en el caso de Bronco, a la propia tradición popular. En el caso de Los Tigres del Norte, su música es considerada ultramoderna, incluso, en España los han llegado a catalogar como world beat, donde recientemente tuvieron un gran éxito, a raíz de la publicación del libro La reina de la noche.
LA TOMA DE UN ESTADIO
Así, desde el campo, se siguen generando valores culturales que influyen nuestra visión de lo rural en las ciudades. Quiero regresar al tema del movimiento de rock vinculado con la solidaridad zapatista, pues este movimiento indígena influyó también a las subculturas juveniles capitalinas a partir de 1994.
A raíz del levantamiento, en febrero y marzo de 1995, estudiantes de la UNAM pertenecientes a la Caravana Universitaria “Ricardo Pozas”, así como varios grupos musicales y artistas, organizaron dos conciertos como protesta por las medidas prohibitivas contra el rock, así como por la paz en Chiapas. Eran los días en que el regente de la ciudad, Espinosa Villarreal, había declarado la prohibición de realizar conciertos de rock en espacios al aire libre. Una medida que seguía la larga tradición de prohibiciones antirroqueras desde los sesenta. Esta declaración indignó a los músicos y los movilizó, hasta el grado de que entre varias bandas se entendió que la exigencia de autodeterminación cultural entre las comunidades juveniles urbanas no era muy distinta a la autodeterminación de las comunidades indígenas en el campo.
El primer concierto fue el 27 de febrero de 1995 y se llamó Por la Paz y la Tolerancia. Congregó a unas diez mil personas, según la prensa, el segundo se llamó Festival 12 Serpiente, y congregó a más de treinta mil, realizándose el jueves 18 de mayo de 1995. Ambos mostraron las capacidades de autogestión de los jóvenes, a pesar de las prohibiciones.
En el festival 12 Serpiente participaron los grupos de varias generaciones roqueras, desde León Chávez Texeiro y Guillermo Briseño de los 70, pasando por quienes comenzaron durante la primera mitad de los 80 como Botellita de Jerez, Real de Catorce, Banda Elástica, Nina Galindo, así como los grupos considerados de la generación del terremoto: Maldita Vecindad y Choluis; y quienes se formaron durante la segunda mitad de los 80, como Santa Sabina, La Lupita, Rómántico Deslíz, Café Tacuba, Juguete Rabioso, Consumatum Est. Por último, también se involucraron los grupos de la generación que surgió en los 90: Los de Abajo, así como los más jóvenes: La Nao, La Milagrosa, Van Troi y La Obeja Negra. El festival incluyó también diferentes espectáculos interdisciplinarios en los que participaron Raúl Platas, de La Casa del Teatro, Utopía (danza), Katia Tirado, Martín Rentería (performance), Mojigangas y Chaneque (títeres), entre otros artistas y viodeoastas. Asistierón también el Tianguis Cultural del Chopo y 90.1 Radio Pirata. El evento comenzó a las 10 de la mañana, el boleto de entrada costó $10 pesos más una donación en víveres para las comunidades chiapanecas de la zona de conflicto.
Independientemente de las diferentes visiones políticas de los artistas que participaron, todos coincidían en exigir la posibilidad de crear espacios autogestionarios tanto al aire libre como en lugares cerrados, sitios dónde tocar su propia música, espacios libres de las leyes más oprobiosas del mercado. También reclamaban tolerancia hacia los ambientes urbanos y sus preferencias culturales. Para ellos, todo esto coincidía con la exigencia de paz en Chiapas y el derecho a la autodeterminación étnica y cultural en México, según se apreció en los testimonios de varios participantes.
En suma, la fuerza cultural del campo nos influye en las ciudades de muchas formas, concientes o inconcientes. Muestra uno de los conflictos centrales de nuestra época, el que se deriva de las pretensiones de imponer una sola economía y una visión monocultural de lo global, contra la resistencia cotidiana para que el mundo y la globalización puedan ser plurales, permitiendo la participación de todos los individuos y sectores en la toma de decisiones: un mundo generador de valores culturales diversos.
En otras palabras, lo moderno no es exclusivamente urbano, sino que atañe a la posibilidad de un mundo plural, participativo y diverso. En otras palabras, también entre las subculturas juveniles, urbanas o rurales, se debaten dos ideas contrapuestas del ser moderno. Por un lado, aquella que busca uniformar el consumo pasivo, la urbanización, así como una idea unívoca del mundo o globalización: una perspectiva monocultural en beneficio del gran capital y las enormes corporaciones, Por el otro lado, aquella que es entendida como una mayor democratización de los valores culturales, mediante la participación de los sectores sociales y los ciudadanos en la toma de decisiones; una modernidad plural, diversa, multicultural; que de voz a todos de manera creativa, donde el otro nos enriquezca y nos interpele. Y desde luego, donde no sólo unos carguen las maletas de los otros.